El legado cacahuatero

*La bisabuela Eufrosina inició la historia, la siguieron varias generaciones hasta Rubén Rojas, quien en cada cacahuate garapiñado que sale del taller, impregna no sólo el calor de la leña, sino dulzura, y un saborcito especial

Jaime Carrera

Puebla, Pue.- A las seis de la mañana, en un rincón de Puebla, comienza el ritual: en un lado del taller se prepara lo salado; en otro, lo dulce. Y el aroma del garapiñado comienza a emanar de los bombos de cobre y acero que no dejan de girar.

El calor, el azúcar y los recuerdos se mezclan y dan paso a una tradición que suma ya casi un siglo.

Ahí está Rubén Rojas Montaño, retomando una historia que empezó su bisabuela Eufrosina y que hoy crece gracias a las redes sociales y al empuje de su mamá, Luz María; su hermano, Daniel; y su novia, Melanie.

“Lo primero que aprendí fue el garapiñado”, recuerda Rubén. Tenía apenas ocho años y comenzaba a descubrir la importancia de aprender un oficio.

“A esa edad me dijeron: vas a empezar a ganarte tus propios pesos”, cuenta.

Su primer día comenzó a las cinco de la mañana, lavando utensilios, friendo lo que hiciera falta, entre el fuego ardiente y las bolsas que no sabía pegar.

“Me echaban los cacahuates a la cabeza”, dice con una risa que suena más a memoria que a queja. No era fácil, pero el legado familiar comenzaba a quedarse entre sus manos.

Su padre y antes, su abuelo, fueron quienes le enseñaron a freír, a revolver, a cuidar ese “saborcito” que hace que un cacahuate no sea cualquier cosa. Aprendió lo salado, el garapiñado, el frito… todo, menos el japonés.

“No lo sabía hacer, y ahora es de lo que más gusta. Está suavecito, tiene un sabor diferente. Les encanta (a los clientes)”, dice.

Pero no siempre estuvo ahí. Durante años, Rubén trabajó en otro giro. Tras prepararse académicamente, ingresó al mundo de la televisión: las cámaras y la producción audiovisual, otra de sus pasiones y que hoy combina con su negocio.

Tras la muerte de su padre, la empresa familiar se detuvo. Hasta que decidió retomarla. Lleva cinco años de regreso, y no solo ha mantenido el legado: está a punto de superar lo que su papá logró.

Ya no solo venden en Puebla; ahora llegan a Baja California, Sonora, Oaxaca, Jalisco, Veracruz, Tamaulipas. Todo gracias a las redes sociales, los videos, y al amor con el que hace cada cacahuate.

“En la vida hay tres caminos: ser profesionista, tener un oficio o ser ratero. Nosotros tenemos el oficio, y también somos profesionistas. Así que siempre sales de una o de otra”.

Y lo dice con la seguridad de quien ha logrado mantener viva una herencia que comenzó con cacahuates en bolsitas de papel estraza.

Su bisabuela vendía en cajas, por medios kilos. Después siguieron los tíos, los hermanos, el abuelo, el padre. Algunos fueron traileros, otros cacahuateros. Todos con las manos metidas en el mismo producto que hoy Rubén, orgullosamente, sigue preparando.

Si pudiera decirle algo a su abuelo, sería simple:

-“Estoy haciendo cacahuates”.

Pero él, asegura, solo respondería con la misma burla cariñosa de siempre:

-Sigue con tus bolitas de azúcar”.

Un chiste familiar, una broma que usaban para medir el esfuerzo.

Hoy, esas bolitas de azúcar ya no son un juego. Son el corazón de una empresa que no existiría sin quienes compran, sin los que comparten en redes, sin los que pelan ajos, reciben mercancía o anotan pedidos. Tampoco sin su madre, ni sin su hermano, ni sin Melanie.

Las manos de Rubén siguen cargando costales, siguen llevando y trayendo insumos, haciendo entregas y cuidando los tiempos.

Porque en su historia, como en cada cacahuate que sale del taller, hay calor, hay dulzura, y hay un saborcito que —como él bien dice— no cualquiera sabe hacer.

 

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